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En realidad, ¿para qué trabajas?

En realidad, ¿para qué trabajas?

15/09/2014

Imagen de Escuela de Bienestar - Fundación MAPFRE

Pocas veces nos planteamos esa cuestión en profundidad. Damos por hecho que la respuesta es tan obvia como absurda la pregunta. Trabajamos para vivir, para llevarnos un sueldo a final de mes y pagar así lo que cuesta nuestro día a día. En el terreno de la Seguridad Vial Laboral, sin embargo, esta pregunta tiene muy poco de absurdo, aunque la respuesta siga siendo tan obvia.

Y eso es así porque quienes conducen para acudir al trabajo y quienes lo hacen en el desempeño de sus funciones rara vez se plantean la importancia de trabajar para vivir, en el sentido que muchas veces anteponen otros factores al más importante de todos: conducir de forma que se garantice al máximo su propia seguridad y la de los demás.

Se podría decir que cuando conducimos por motivos laborales, todo aquello que hacemos a bordo del vehículo lo hacemos con un solo fin: ganar dinero para poder vivir. Ocurre, sin embargo, que cuando conducimos por motivos laborales solemos tomar algunas decisiones que, por arriesgadas, contravienen ese objetivo que tenemos como obvio.

Lo más posible es que ni siquiera seamos conscientes de ello. Vale la pena entonces pensar en las consecuencias de tomar determinados riesgos. Cada vez que corremos un riesgo (por ejemplo, si excedemos los límites de velocidad para llegar a tiempo de que nos atienda un cliente, o cuando consultamos el correo en el móvil porque esperamos noticias de un negocio que tenemos a medias) ¿nos planteamos las consecuencias de un posible accidente?

Normalmente no lo hacemos. Vivimos una cierta ilusión de falsa seguridad, tanto en lo que respecta a los vehículos como a las carreteras como a nosotros mismos como conductores experimentados que somos, y anteponemos un objetivo cortoplacista (quedar bien con el cliente, cerrar un acuerdo importante) al objetivo final que perseguimos, que no es otro que ganar dinero para vivir... y vivir, en definitiva.

La cuestión cambia de forma radical cuando una persona tiene un accidente de tráfico y esta persona se sabe responsable de la colisión. En una situación así, por leves que sean las consecuencias del accidente, lo más frecuente es que la persona experimente daños a nivel psicológico (por ejemplo, con menoscabo de la autoestima), lo que puede llegar a afectar a su desempeño laboral.

No hablemos ya de siniestros viales con daños físicos graves o muy graves, tras los cuales cualquier consideración sobre un cliente o un negocio importante queda difuminada por la necesidad más cercana, que es la de sobrevivir al accidente y rehacer la propia vida. A menudo, esa rehabilitación o la adaptación a una nueva vida y lo que de ella se deriva conllevan un precio muy elevado, no sólo a nivel psicológico sino también a un nivel puramente económico. Sobrevivir a un accidente de tráfico puede resultar muy caro.

No son estas situaciones deseadas, y seguramente por eso no suelen formar parte de nuestro día a día cuando conducimos, ya sea por motivos laborales o por razones de ocio. Sin embargo, si de perseguir un objetivo se trata, si cuando conducimos para ir al trabajo o en el desempeño de nuestras funciones todo lo que hacemos lo hacemos con el fin último de ganar dinero para vivir, si lo que más deseamos al final del día, cuando hemos acabado nuestra jornada laboral, no es otra cosa que vivir, quizá sea interesante plantearse, aunque sea de vez en cuando, esa pregunta elemental. En realidad, ¿para qué trabajas? Es decir: ¿para qué conduces?

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